
El clima burgalés no es el más propicio para las terrazas. De eso no hay duda. Y más si se trata de mesas y sillas mondas y lirondas, sin ninguna protección. Por ello muchos establecimientos hosteleros han optado por colocar estructuras metálicas y toldos en la vía pública que sirvan de abrigo a los clientes. Se trata de una práctica muy extendida, sobre todo en la Plaza del Rey y en Nuño Rasura. Lo que ocurre es que solventa un problema a quien la instala pero provoca otro a algunos de sus vecinos.
Las estructuras metálicas y los toldos proliferan en la zona de la Catedral para proteger las terrazas, mientras otros negocios se quejan porque impiden la visibilidad de sus locales. El Ayuntamiento debe aprobar un modelo unitario para impedir que cada establecimiento coloque uno diferente.
Lo que está claro es que esos armazones y esos toldos están autorizados por el Ayuntamiento. La normativa municipal es clara: «Todos los elementos complementarios instalados junto con la terraza (toldos, jardineras, vallas de separación, cámaras frigoríficas, mesas de apoyo o cualquier otro elemento análogo) necesitarán autorización municipal», reza la ordenanza. Javier Palacios, dueño del bar Álvaro, dice que en la vida se le ocurriría «poner la terraza sin el permiso del Consistorio». «Tuve que presentar proyecto, fue aprobado y por eso está puesta», resume.
Sin embargo, la estructura que mantiene en la calle Nuño Rasura flaco favor hace a los negocios que hay detrás. Por ejemplo, a la Chocolatería Valor. Conchi Martínez, su propietaria, se queja de que quienes pasean por el entorno de la Catedral no ven su local «porque es tapado por la terraza que tiene al lado». «En cuanto ha llegado el verano he notado un bajón de clientela y tiene que ser por esta causa», indica. Hace poco, una excursión de Villajoyosa, donde está la central de Valor, llegó a Burgos y tuvieron que llamarla por teléfono desde la Plaza del Rey «porque no localizaban el establecimiento», relata.
Y se ha quejado al Ayuntamiento. En concreto a la concejal de Licencias, Dolores Calleja, quien ha solicitado información a los servicios técnicos para ver en qué circunstancias se han concedido las diferentes autorizaciones. La dueña de Valor explica que hace dos veranos se dirigió al Ayuntamiento para pedir permiso y colocar una estructura con toldo, pero le aconsejaron que no lo hiciera porque estaba a punto de aprobarse una nueva normativa que iba a homogeneizar el diseño de este tipo de instalaciones. Pero han pasado los meses, los años, y no ha sido aprobado.
El visto bueno definitivo está pendiente de un estudio que está realizando la Universidad para determinar la ubicación más adecuada y el tamaño idóneo de esas instalaciones hosteleras. En concreto a través de un sistema de información geográfica (GIS), el grupo de estudiantes de la UBU realizará un examen pormenorizado de las calles a fin de evaluar la mejor disposición de las terrazas y su dimensionamiento en el espacio urbano.
En la anterior legislatura, el equipo de Gobierno local convocó un concurso de ideas con la finalidad para elegir ese diseño unitario. En ese concurso resultó ganador el arquitecto Guillermo Gutiérrez (recibió 6.000 euros y se le prometieron otros tantos a la entrega del proyecto definitivo).
Según la concejal, el estudio estará terminado en el mes de julio. Mientras tanto, en el centro proliferan toldos y estructuras de todas las formas, tamaños y colores. Nemesio Aldana, propietario de la farmacia de Nuño Rasura, también se queja de que prácticamente su negocio no se ve desde la Plaza Rey San Fernando cuando llega el buen tiempo y las terrazas. Y lo mismo le ocurre a Lourdes Santos, propietaria de la tienda Nueva Villa. Para ella, además de impedir la visión de su local, «las instalaciones de Nuño Rasura afean el entorno y hacen menos atractiva la zona». «Hay algunas que tienen un tamaño demasiado grande», apostilla Nemesio Aldana.
Pero los dueños de los establecimientos hosteleros se defienden. Tienen la autorización municipal. Aurita Ruiz, que acaba de terminar de instalar la terraza del Ribereño, reconoce que «bonitas no son, pero son necesarias y útiles en una ciudad con el frío y el viento de Burgos». «Es el único modo de que los clientes estén protegidos», indica.
Aurita Ruiz está de acuerdo en que la imagen de la zona ganaría con un diseño de terrazas unitario. «Pero hasta que llegue no podíamos estar cruzados de brazos; teníamos que velar por nuestro negocio», indica. De hecho, ella se ha gastado en torno a los 18.000 euros en su terraza. En todo caso, explica, «hay quien pone pegas a todo». «No puede ser que se quejen de nuestras terrazas, cuando la Catedral, que cobra por entrar y tiene tienda, no posee servicios y los turistas tienen que acudir a nuestros establecimientos cuando necesitan ir al baño; nosotros los acogemos sin ningún problema», recuerda.
Fuente: I. Elices para Diario de Burgos Digital